ANDANZAS

Mamiya Rinzō, un creador de fronteras (y II)

Atrapado por el invierno en Sajalín, Mamiya cruzó al continente asiático y remontó el Amur hasta el puesto Qing de Deren, donde descubrió que el estrecho que acababa de cartografiar era, antes que una frontera, una ruta compartida.

El invierno de Karafuto

Mamiya volvió a Shiranushi en 1808, pero su segundo intento de alcanzar el norte de Sajalín tampoco acabó por llevarle tan lejos como esperaba. En Tonnai, la pesquería japonesa más septentrional de la costa occidental, reunió a seis guías ainu y continuó hasta Riyonai, donde la escasez de provisiones obligó al grupo a retroceder, de forma que el invierno lo pasó en Tonnai y, cuando se puso de nuevo en marcha, a finales del primer mes de 1809, encontró el mar helado al norte de Noteto y tuvo que detenerse otra vez.

La espera se prolongó hasta el quinto mes —las fechas del viaje siguen el calendario japonés de entonces—, cuando partió con dos guías nivjis. Alcanzaron Nanio, pero el mal estado del mar volvió a impedirles continuar, de modo que Mamiya regresó a Noteto sin haber llegado al extremo septentrional de la isla. Allí se alojó en casa de Kōni, un jefe nivji que le habló de las tierras del norte, con quien trabó amistad y que sería su compañero en el viaje al continente.

Hasta entonces, cada avance había acabado en un regreso, aunque las interrupciones no hubieran sido inútiles, puesto que las conversaciones con sus anfitriones le proporcionaban noticias de lugares que no podía reconocer personalmente y le permitían comprender que, más allá de la costa que intentaba dibujar, existía un mundo de relaciones cuyo centro no estaba en Japón.

Su siguiente desplazamiento cambiaría la dirección de la empresa, pues, en lugar de insistir en alcanzar la punta norte de Sajalín, cruzó al continente y remontó el Amur hasta el puesto Qing de Deren. El reconocimiento de Karafuto se había convertido así en una exploración de los accesos fluviales y de la presencia de otro Estado al otro lado del estrecho.

Ante los funcionarios del emperador

En Deren, tres funcionarios Qing hicieron llamar a Mamiya a una embarcación y mantuvieron con él una conversación escrita, recurriendo a los caracteres chinos que unos y otros conocían.

El encuentro permite imaginar la dificultad de aquella misión sin necesidad de añadir peligros novelescos, puesto que Mamiya había viajado gracias a hombres que conocían los pasos, las poblaciones y las condiciones de navegación pero, al presentarse ante los representantes del imperio, encontraba otra clase de apoyo: una tradición escrita compartida que le permitía comunicarse con personas cuya lengua no hablaba. El japonés no llegaba a un mundo incomunicado, sino a uno en el que debía averiguar quién podía guiarlo y cómo entenderse con él.

Deren tampoco tenía el aspecto de una gran sede imperial. Era un puesto estacional, abandonado en invierno, con una empalizada que encerraba el edificio oficial y puestos de intercambio; los funcionarios dormían en embarcaciones y los visitantes levantaban refugios de corteza en las inmediaciones. Durante la temporada de actividad, sin embargo, se reunían allí centenares de personas procedentes de distintas comunidades del Amur y Sajalín.

Los portadores del tributo entregaban pieles de marta cibelina, se arrodillaban ante los representantes Qing y recibían tejidos y otros regalos. Después del ceremonial venían las transacciones, las noticias y los encuentros entre conocidos, porque Deren era no solo un mercado al que se acudía para obtener mercancías, sino también para renovar relaciones.

Aquello completaba la imagen que el shogunato necesitaba del norte. La presencia de otro imperio no tenía por qué manifestarse mediante fortalezas o guarniciones permanentes, dado que podía sostenerse también mediante visitas periódicas y obligaciones reconocidas por determinados jefes. Pero tampoco era prudente confundir ceremonia con obediencia uniforme, pues quienes acudían para comerciar podían aceptar sus formas sin atribuirles el mismo significado que los funcionarios encargados de registrar el tributo.

Las ilustraciones del Tōdatsu kikō conservarían parte de aquel mundo: embarcaciones, alojamientos provisionales, intercambios de pieles y tejidos, y visitantes presentándose ante funcionarios distinguibles por sus tocados. Si se leen junto al relato, permiten ver la expedición como algo más que una sucesión de posiciones geográficas, porque muestran los lugares donde se negociaba el paso y las personas entre las que circulaban los viajeros.

Mamiya había llegado buscando respuestas para sus superiores y regresaba con una que excedía la cuestión inicial. Sajalín estaba separada del continente, pero esa separación no había aislado a sus habitantes sino que, muy al contrario, el estrecho formaba parte de las comunicaciones que acababa de utilizar para alcanzar el Amur.

El regreso a los mapas

A su vuelta comenzó otro trabajo, menos expuesto al tiempo y al estado del mar, pero indispensable para que la expedición produjera resultados: ordenar los materiales y convertirlos en informes y mapas que pudieran consultar hombres que nunca habían pisado aquellas costas. El conjunto fue presentado al shogunato en 1811.

El conjunto conservado comprende los mapas de Sajalín, el Tōdatsu chihō kikō, dedicado al viaje por la región continental, y el Hokui bunkai yowa, referido a Sajalín. Los textos, acompañados por ilustraciones en color, recogían paisajes y costumbres que una carta geográfica no podía explicar por sí sola.

Pero había matices, puesto que el norte de la isla seguía siendo, en parte, una reconstrucción basada en noticias ajenas. Mamiya no lo había recorrido y reconoció que la información recibida de los habitantes podía contener errores, una distinción —muy honrada— entre lo observado y lo referido que conviene conservar al valorar su trabajo.

La importancia de sus resultados no dependía de que hubiese levantado una cartografía perfecta, sino de que permitían corregir una cuestión fundamental y ofrecer a Edo una representación mucho más útil de la región, hasta el punto de que las noticias de la expedición de 1809 se incorporaron al mapamundi preparado bajo la dirección de Takahashi Kageyasu. Sajalín dejaba de ser únicamente el destino de una misión septentrional y encontraba su lugar en la imagen general del mundo que manejaba el gobierno japonés.

Y Mamiya siguió trabajando sobre el terreno. En 1812 regresó a Ezo para reconocer costas que Inō Tadataka no había medido personalmente, y sus levantamientos contribuyeron a la cartografía del archipiélago. Más adelante, recibió encargos relacionados con la defensa litoral, la llegada de embarcaciones extranjeras y las actividades comerciales clandestinas, de manera que la observación geográfica fue conviviendo con funciones de información y vigilancia.

No solo no había incompatibilidad entre ambos oficios, sino que tampoco existía una frontera clara entre ellos, pues el hombre que reconocía una costa para sus superiores podía investigar también quién desembarcaba en ella y con qué propósito. Sin embargo, los efectos eran bien distintos, pues una cosa era corregir la posición de un puerto y otra entregar noticias que podían provocar una pesquisa contra quienes lo utilizaban.

Los mapas prohibidos

En 1828, esa diferencia alcanzó a un hombre que había contribuido a dar utilidad a sus exploraciones: Takahashi Kageyasu. El astrónomo mantenía relaciones con Philipp Franz von Siebold, médico alemán al servicio de los neerlandeses en Dejima y cuya curiosidad por Japón abarcaba mucho más que la medicina. Siebold reunía colecciones y conocimientos gracias a sus contactos con estudiosos japoneses, al tiempo que estos encontraban en él una vía de acceso a libros e información europeos.

Takahashi le proporcionó materiales cartográficos cuya exportación estaba prohibida. El intercambio tenía una lógica intelectual evidente, pero los mapas no interesaban solamente a los estudiosos: también permitían conocer costas, accesos y territorios que las autoridades consideraban necesario proteger de la observación extranjera. Los mismos documentos que ampliaban el conocimiento de Japón podían convertirse, si salían del país, en pruebas de una infracción.

Por mediación de Takahashi, Mamiya recibió correspondencia y obsequios de Siebold y comunicó el hecho a sus superiores. Su aviso contribuyó a despertar sospechas sobre aquellas relaciones y quedó asociado al comienzo del incidente Siebold, aunque la responsabilidad que debe atribuírsele sigue siendo discutida: informar de un contacto no demuestra por sí solo que conociera el intercambio de mapas ni permite asegurar cuáles fueron sus motivos.

La interpretación más acusatoria lo convirtió en delator, mientras otros autores han distinguido entre su comunicación inicial y el desarrollo posterior de las pesquisas. Las rivalidades entre estudiosos, las tensiones de la factoría neerlandesa y el retraso de la partida de Siebold después de un temporal forman también parte de la historia, que no puede reducirse a una maniobra personal de Mamiya.

Para Takahashi, el desenlace fue la prisión, donde murió en 1829; para Siebold, la expulsión de Japón y la prohibición de regresar. Mamiya continuó al servicio del shogunato y realizó investigaciones sobre comercio clandestino, hasta su muerte en 1844.

Pero el incidente no borró la deuda de la geografía europea con las exploraciones japonesas. En 1832, Siebold difundió el nombre de estrecho de Mamiya para el paso entre Sajalín y el continente, con lo que contribuyó a perpetuar el recuerdo del hombre cuyo aviso había intervenido en las investigaciones contra él.

La paradoja cierra bien una vida que no cabe del todo en la figura del explorador ni en la del agente secreto. Mamiya buscó información para su gobierno, dependió de conocimientos indígenas y vio cómo los resultados de su trabajo llegaban a otros países, donde podían emplearse con propósitos que él no controlaba.

Por eso cabe llamarlo creador de fronteras, no porque fijara mediante sus mapas la soberanía de Sajalín, sino porque ayudó a convertir una región conocida de manera fragmentaria en un territorio que las autoridades de Edo podían examinar, discutir y reclamar. Había salido de Shana después de ver fracasar una defensa militar y acabó proporcionando otra clase de instrumento al shogunato: una representación del espacio sobre el que pretendía ejercer su poder. Para quienes cruzaban entre Sajalín y el continente, el estrecho seguía siendo una ruta; sobre la mesa de un gobernante podía convertirse también en una frontera.

Mapa de las expediciones de Mamiya Rinzō por Sajalín y el Bajo Amur en 1808–1809
Las dos expediciones de Mamiya Rinzō por Sajalín y el Bajo Amur, 1808–1809. Los itinerarios están reconstruidos a partir de los relatos y mapas conservados; no representan derrotas instrumentales continuas. Fuentes: Brett L. Walker, Archivos Nacionales de Japón, ciudad de Wakkanai y Natural Earth.

Fuentes y lecturas

SERIE EN ENTREGAS

Mamiya Rinzō, un creador de fronteras

Investigación sobre las exploraciones de Mamiya Rinzō en Sajalín y el Bajo Amur durante el shogunato Tokugawa.

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II. El invierno de Karafuto ESTÁS LEYENDO
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