Al abandonar el Endeavour Tahití, el 13 de julio de 1769, llevaba a bordo a un pasajero que no figuraba en los planes originales de la expedición. Se llamaba Tupaia, rondaría los cuarenta y cinco años y procedía de Ra‘iatea, una isla del archipiélago de la Sociedad, a unos doscientos kilómetros al noroeste de Tahití. Era sacerdote, navegante y hombre de cierta experiencia política que conocía personalmente buena parte de las islas de aquella región y podía hablar de muchas otras que ningún miembro de la tripulación británica había visto jamás.
El naturalista Joseph Banks había comprendido la víspera de la partida hasta qué punto podía resultar valioso pues, según dejó escrito en su diario del viaje, Tupaia le había dado los nombres de más de setenta islas y afirmaba haber estado en la mayoría. A Banks, hombre adinerado y de una curiosidad casi ilimitada, aquello le pareció razón suficiente para llevarlo consigo hasta Inglaterra y hacerse cargo de sus gastos.
La decisión tuvo consecuencias que nadie podía prever pues, durante los meses siguientes, Tupaia actuaría como práctico, informador, intérprete y mediador; explicaría a los británicos una geografía oceánica que ellos apenas conocían y llegaría a entenderse con los maoríes de Nueva Zelanda, separados desde hacía siglos de las otras poblaciones de la Polinesia tropical. También participaría en la elaboración de un mapa que todavía hoy sigue provocando discusión entre los especialistas.
Y todo ello debido a una circunstancia sencilla: antes de conocer a Cook, Tupaia ya pertenecía a una cultura de exploradores.
Educado para navegar
Tupaia nació probablemente hacia 1724 en Ra‘iatea, una isla que forma parte de las actuales islas de la Sociedad, en la Polinesia Francesa, y que ocupaba entonces una posición destacada dentro de las redes religiosas y políticas de la Polinesia oriental. Pertenecía además a una familia de la élite, con tierras en el norte de la isla, y recibió una formación reservada a unos pocos.
El centro de aquella educación estuvo en Taputapuātea, en Opoa, sobre la costa sudoriental de Ra‘iatea, donde el gran marae —espacio ceremonial y religioso— era uno de los centros más prestigiosos del mundo polinesio y funcionaba también como lugar de transmisión de genealogías, historia, religión y conocimientos vinculados a la navegación. Según la biografía de Tupaia publicada por el Dictionary of New Zealand Biography, fue le consagraron tahua, sacerdote, con especial formación en navegación astronómica, antes de pasar tres años entre los arioi, una asociación religiosa y cultural cuyos miembros viajaban de isla en isla.
La palabra «navegante» puede resultar engañosa si se interpreta según la óptica moderna. Tupaia no era simplemente un hombre capaz de gobernar una embarcación dado que, para recorrer el Pacífico debía manejar un repertorio de conocimientos en el que entraban las estrellas, el Sol, las corrientes, los vientos, la dirección del oleaje, el vuelo de las aves, determinadas formaciones de nubes y una memoria de rutas transmitida durante generaciones. Y a ello tenemos que sumar los nombres de los lugares, sus habitantes, parentescos, recursos, alianzas y enemistades.
Era el producto de una sociedad que había realizado una de las grandes expansiones marítimas de la historia. Los pueblos polinesios habían alcanzado Hawái, en medio del Pacífico norte; Rapa Nui o isla de Pascua, en el extremo oriental del océano, y Aotearoa/Nueva Zelanda, muy al sudoeste y ya en latitudes templadas. Entre esos vértices se extendía un inmenso espacio poblado por comunidades emparentadas lingüística y culturalmente, aunque algunas llevaran siglos sin mantener contactos regulares entre sí.
No era necesario que un solo navegante conociera todas aquellas rutas. El conocimiento sobrevivía repartido entre generaciones, linajes y especialistas, y Tupaia era uno de esos depositarios.
De sacerdote poderoso a cortesano venido a menos
Su posición había sufrido varias sacudidas antes de que Cook apareciera en el horizonte. En 1757, Ra‘iatea fue invadida por guerreros de Bora Bora, la isla vecina situada al oeste. Tupaia resultó gravemente herido en aquella guerra y tres años más tarde terminó huyendo de su tierra, llevando consigo objetos sagrados de enorme valor político y religioso, para buscar refugio en Tahití, la gran isla situada al sudeste de Ra‘iatea.
Allí fue acogido por el jefe Amo y por Purea, esposa de este y una de las figuras dominantes de la política tahitiana. Tupaia se convirtió en consejero de Amo, amante de Purea y, según la reconstrucción recogida en Te Ara, llegó a ocupar una posición sacerdotal de primer orden.
En junio de 1767 apareció frente a Tahití el Dolphin, navío británico mandado por Samuel Wallis y los primeros intercambios acabaron en enfrentamiento. Una flotilla tahitiana atacó al buque en la bahía de Matavai, al norte de la isla, y el fuego de la artillería británica dejó rápidamente clara la diferencia entre ambas tecnologías militares. Tupaia participó después en las negociaciones con los recién llegados y Purea fue presentada a Wallis como una especie de «reina» de Tahití, institución que en realidad no existía en esos términos, pero que resultaba comprensible para los británicos y conveniente para sus interlocutores.
Pero la situación volvió a cambiar cuando el Dolphin se marchó. En diciembre de 1768, Amo y Purea fueron derrotados por otros jefes tahitianos. Tupaia salvó la vida cambiando de bando y acabó integrado en el entorno de Tutaha, aunque ya en una posición bastante más modesta. Así, cuando el Endeavour llegó a Tahití en abril de 1769, ya no era el poderoso consejero que había tratado con Wallis dos años antes. Pero se las arregló, durante los tres meses siguientes, para ir ganando peso ante los británicos como guía, intermediario y fuente de información, y Banks acabó fascinado por él.
Su fascinación, eso sí, era muy dieciochesca. Cuando decidió costear su viaje a Inglaterra, escribió que no veía por qué no podía mantener a Tupaia como una «curiosidad» si otros vecinos suyos mantenían leones o tigres. La frase resulta útil porque muestra las contradicciones del personaje y de la época: Banks podía reconocer que aquel hombre poseía un saber que él no tenía y, al mismo tiempo, contemplarlo como pieza exótica de una colección. Tupaia aceptó embarcar y llevó consigo a Taiata, un muchacho que lo acompañaba como discípulo.
Un práctico para el Endeavour
Los británicos tardaron poco en comprobar que los conocimientos de su nuevo compañero eran del todo prácticos. Después de abandonar Tahití, el Endeavour puso rumbo a Huahine, una isla situada al noroeste. Allí Tupaia hizo que un hombre se sumergiera varias veces junto al timón del barco para averiguar exactamente cuánto calaba la nave. Banks recordó el episodio el 31 de julio de 1769, cuando escribió que habían adquirido una buena opinión de su pilotaje: desde aquella comprobación, Tupaia se alarmaba cada vez que el navío se acercaba a aguas de menos de cinco brazas.
El detalle es revelador, pues no había subido al Endeavour sabiendo cómo se comportaba un barco europeo de casi treinta metros de eslora. Averiguó lo que necesitaba saber y adaptó a aquella mole las técnicas con las que estaba acostumbrado a orientarse entre arrecifes y pasos insulares. Y, durante aquellas semanas, fue señalando entradas, fondeaderos y canales. En Huahine, Ra‘iatea, Tahaa y las demás islas occidentales de la Sociedad, el barco se desplazaba por un espacio que para sus oficiales era en buena medida nuevo pero que Tupaia conocía con bastante detalle.
El diario de James Cook permite seguir también algunos episodios de aquel recorrido. En Ra‘iatea, por ejemplo, Tupaia dirigió parte del comportamiento ritual durante un desembarco, indicando incluso a William Monkhouse que se desnudara hasta la cintura como él antes de acercarse al marae.
Su conocimiento no terminaba en las islas visibles desde Tahití. El 12 de agosto, cuando el Endeavour navegaba ya hacia el sur, anunció una isla llamada Oheteroa y explicó que probablemente la divisarían al día siguiente o al otro. No erraba y el 13 apareció tierra. Banks anotó que se trataba de la isla que Tupaia había anunciado. Hoy la identificamos con Rurutu, una de las islas Australes, situada varios centenares de kilómetros al sur de Tahití.
No todo lo que Tupaia decía podía comprobarse de aquella manera, ni todo su conocimiento procedía necesariamente de viajes realizados por él mismo. Pero episodios como ese ayudan a entender por qué Banks se tomó tan en serio las decenas de nombres de islas que iba proporcionando. Y explican también por qué alguien intentó poner todo aquello sobre el papel.
Un mapa difícil de leer
El llamado mapa de Tupaia no se trazó de una vez ni podemos atribuirlo exclusivamente a una sola mano. Fue el resultado de un proceso de colaboración entre Tupaia y varios miembros de la expedición que se desarrolló a lo largo de meses. El documento que acabó conservando Banks contiene setenta y cuatro islas, muchas de ellas identificables. El problema vino después.
Si se interpreta como una carta europea convencional, la posición de muchas de esas islas resulta desconcertante, dado que algunas parecen estar colocadas en lugares equivocados y las distancias relativas no corresponden a las que encontramos en un mapa moderno. Durante mucho tiempo se intentó comprender el documento corrigiendo errores, proponiendo nuevas identificaciones o suponiendo que el conocimiento de Tupaia era menos preciso de lo que indicaban los testimonios del viaje.
Sin embargo, en 2019, Lars Eckstein y Anja Schwarz publicaron en The Journal of Pacific History una extensa reconstrucción del proceso de elaboración del mapa. Su interpretación no es la única propuesta ni debe tomarse como cierre definitivo de la discusión, pero ofrece una solución especialmente interesante: quizá parte del problema proceda de haber supuesto que Tupaia intentaba representar el océano del mismo modo que un cartógrafo europeo.
En el centro del mapa aparece avatea, término relacionado con el Sol al mediodía, y Eckstein y Schwarz sostienen que funciona como un norte posicional. Para entender su propuesta, debemos abandonar por un momento la idea de que la posición exacta de cada isla sobre la hoja constituye la información fundamental.
El propio proyecto de la Universidad de Potsdam dedicado al mapa explica el procedimiento mediante dos referencias. El navegante se sitúa mentalmente en una isla de partida y traza desde allí una línea hacia avatea y otra hacia la isla de destino. El ángulo entre ambas proporciona el rumbo. En las primeras secuencias de islas que estudian, Eckstein y Schwarz encuentran desviaciones generalmente pequeñas respecto a los rumbos calculados sobre una carta moderna. Esto permite comprender por qué una isla puede parecer mal situada sobre el papel y, sin embargo, conservar correctamente la dirección necesaria para navegar hacia ella desde otra. En vez de ofrecer una única visión geométrica del océano contemplado desde arriba, el mapa conservaría una serie de relaciones entre lugares sucesivos, no tanto dónde está cada isla en abstracto como qué rumbo conduce de una a otra.
La distinción es importante, pero conviene no exagerarla. Los navegantes europeos tampoco se reducían a mirar coordenadas sobre una carta, al igual que los polinesios no navegaban dentro de un sistema opuesto a la ciencia occidental. Ambos utilizaban observación, experiencia acumulada y conocimientos transmitidos. Lo singular del mapa es que parece registrar el esfuerzo por hacer compatibles dos maneras diferentes de organizar esa información.
Un Pacífico mucho mayor que Tahití
La reconstrucción de Eckstein y Schwarz nos permite además hacernos una idea de la extensión del mundo geográfico que Tupaia manejaba. Una secuencia de islas enlaza Rotuma, al norte de Fiyi, en el Pacífico suroccidental, con Samoa y Tonga, y desde allí continúa hasta Rarotonga, en las islas Cook, cruza las Australes y alcanza Mangareva, en las islas Gambier, antes de prolongarse hacia Pitcairn y Rapa Nui, la isla de Pascua situada ya en el extremo oriental del mundo polinesio.
Otra cadena parte del entorno de Tahití, pasa por los Tuamotu y las Marquesas, al nordeste, y termina —según la identificación propuesta por estos investigadores— en O‘ahu, una de las principales islas de Hawái, situada casi cuatro mil kilómetros al norte de las Marquesas.
Todo esto no significa que Tupaia hubiera realizado personalmente semejantes travesías. El propio Banks escribió que había visitado la mayoría de las más de setenta islas que conocía, no todas. Una parte de su información procedía necesariamente de otros navegantes y de tradiciones acumuladas durante generaciones y precisamente ahí reside una parte del interés del personaje. Tupaia no fue simplemente un viajero excepcional con una memoria prodigiosa, sino que era una pieza de una red humana que conservaba y transmitía información sobre distancias oceánicas enormes sin recurrir a cartas náuticas del tipo desarrollado en Europa.
Cook tuvo ocasión de comprobar una pequeña parte de esa red, pero no quiso seguirla hasta donde Tupaia proponía, ya que este último recomendaba continuar hacia el oeste, donde aseguraba que encontrarían numerosas islas. Pero Cook llevaba instrucciones diferentes y, después de observar el tránsito de Venus en Tahití, debía buscar el supuesto continente austral y explorar después Nueva Zelanda. El Endeavour puso, por tanto, rumbo al sur.
Según Te Ara, al alejarse de la Polinesia tropical Tupaia perdió buena parte de las funciones que le habían dado prestigio a bordo y cayó en un estado de abatimiento. Durante semanas navegó hacia un espacio que ya no conocía. Hasta que divisaron tierra.
Nueva Zelanda y la lengua de los antepasados
El 6 de octubre de 1769 el Endeavour avistó la costa oriental de Aotearoa/Nueva Zelanda, el gran archipiélago situado en el Pacífico suroccidental, a unos dos mil kilómetros de Australia a través del mar de Tasmania. Allí, los primeros contactos fueron desastrosos. Tupaia no participó en el desembarco inicial y, en uno de los encuentros, los infantes de marina mataron de un disparo a Te Maro, un hombre del grupo local Te Aitanga a Hauiti. Cook decidió incluir a Tupaia en las siguientes salidas y así fue cómo descubrieron una circunstancia extraordinariamente útil: Tupaia y los maoríes podían entenderse.
No hablaban exactamente la misma lengua, pero el tahitiano y el maorí pertenecen al conjunto de lenguas polinesias orientales y conservaban suficiente proximidad para permitirles una comunicación considerable. Los antepasados de los maoríes habían llegado a Nueva Zelanda varios siglos antes desde otras regiones de la Polinesia y el aislamiento había transformado su lengua y su cultura, pero no hasta el punto de borrar el parentesco.
Tupaia pasó así de ser un navegante cuyo conocimiento parecía haber quedado atrás a convertirse en el único hombre del barco capaz de mantener conversaciones complejas con las poblaciones que encontraban. Actuó como intérprete en intercambios, negociaciones y situaciones tensas; habló con jefes y sacerdotes y pudo discutir cuestiones religiosas y genealógicas que para los británicos resultaban casi inaccesibles. Eso no quiere decir que su intervención convirtiera aquellos encuentros en una sucesión idílica porque hubo violencia, amenazas, robos y malentendidos a lo largo de la costa neozelandesa. Pero, sin Tupaia, muchas de aquellas relaciones habrían comenzado y terminado únicamente mediante gestos, exhibiciones de fuerza y armas de fuego.
Su prestigio fue considerable. La memoria maorí llegó a conservar el Endeavour como «el barco de Tupaia», y su figura dejó en algunas comunidades una impresión más profunda que la del propio Cook. La razón no es difícil de entender: para los británicos, Tupaia era un acompañante útil de la expedición pero, para un maorí que contemplara llegar el Endeavour, era el único hombre a bordo capaz de hablarle en una lengua reconocible, utilizar conceptos religiosos familiares y explicar quiénes eran aquellos extranjeros.
También dejó imágenes
Tupaia no solo habló y navegó, sino que también dibujó. Se conservan varias obras que se le atribuyen, realizadas durante el viaje. Una de las más conocidas muestra a Joseph Banks frente a un maorí que sostiene una gran langosta y otras representan escenas relacionadas con la vida y las ceremonias tahitianas. Son documentos excepcionales porque invierten una situación habitual en la exploración europea: esta vez no es únicamente el europeo quien representa al habitante del Pacífico, sino un polinesio quien observa y dibuja los encuentros.
El detalle ayuda a entender la amplitud de su curiosidad puesto que Tupaia estaba aprendiendo también. Había embarcado rumbo a un mundo desconocido y dedicó parte del viaje a observarlo con los recursos de que disponía. Esa capacidad tenía, naturalmente, límites. Después de circunnavegar Nueva Zelanda, el Endeavour cruzó el mar de Tasmania y alcanzó en abril de 1770 la costa oriental de Australia. Allí las lenguas de las poblaciones encontradas ya no pertenecían al espacio polinesio y Tupaia dejó de poder comunicarse con ellas. Y es que su geografía era inmensa, pero no abarcaba todo el Pacífico.
Batavia
El viaje prosiguió hacia el norte por la costa australiana. Después de que el Endeavour estuviera a punto de perderse en la Gran Barrera de Coral, la gran formación de arrecifes que bordea el nordeste de Australia, Cook atravesó el estrecho de Torres, entre Australia y Nueva Guinea, y puso rumbo a las Indias Orientales Neerlandesas. En octubre de 1770 llegaron a Batavia, la ciudad neerlandesa situada en la costa noroccidental de Java sobre cuyo emplazamiento se extiende hoy Yakarta, capital de Indonesia y la escala resultó desastrosa.
Batavia era célebre por su insalubridad y la enfermedad se extendió entre los miembros de la expedición. Murió el cirujano del barco, enfermaron Banks y el naturalista Daniel Solander y también cayeron enfermos Tupaia y Taiata. El diario de Banks registra el 9 de noviembre la noticia de la muerte de Taiata y, dos días después, el 11 de noviembre, anota que acababan de comunicarle la muerte de Tupaia. Algunas fuentes secundarias posteriores ofrecen fechas diferentes, entre ellas el 20 de diciembre, pero las entradas de noviembre son las que figuran en el testimonio contemporáneo de Banks.
Tupaia había abandonado Tahití imaginando un viaje que debía llevarlo hasta Inglaterra. Nunca llegó allí. Tampoco pudo regresar a Ra‘iatea ni a ninguna de las islas cuya posición llevaba almacenada en la memoria. Quienes sí regresaron fueron Cook y Banks, y durante mucho tiempo fueron necesariamente sus testimonios los que determinaron la manera de contar aquella expedición.
El otro conocimiento del Pacífico
No hace falta que mengüemos al capitán Cook para devolver a Tupaia el lugar que le corresponde. El capitán británico fue un navegante y cartógrafo extraordinario, y las cartas elaboradas durante sus viajes transformaron el conocimiento europeo del Pacífico. Pero precisamente por eso resulta interesante observar qué ocurrió cuando aquella tradición científica encontró otra tradición oceánica que llevaba siglos resolviendo, por medios diferentes, muchos de los mismos problemas.
Tampoco Cook llegó a un Pacífico desconocido para todos los europeos, sino que navegaba sobre una acumulación de información española, portuguesa, neerlandesa, francesa y británica reunida durante siglos. Parte del conocimiento español del océano había llegado recientemente a manos inglesas después de la ocupación de Manila en 1762 y acabaría relacionado con el trabajo de Alexander Dalrymple. Pero esa historia merece que la contemos aparte.
Tupaia representa otra cosa, dado que su conocimiento no procedía de archivos, observatorios europeos ni gabinetes de cartografía, sino de una red de sociedades que habían poblado el mayor océano del planeta y conservado durante generaciones las rutas entre sus islas. El mapa elaborado durante el viaje del Endeavour resulta por eso ser mucho más que una carta defectuosa o una curiosidad etnográfica. Es el rastro de un intento de traducción entre dos formas de ordenar el espacio. Los británicos querían convertir las islas en posiciones sobre una hoja en tanto que Tupaia aportaba una geografía construida en buena medida mediante relaciones entre lugares y rumbos de navegación.
Dos siglos después seguimos discutiendo exactamente cómo debe leerse aquel documento y eso quizá sea lo más apropiado, porque Tupaia pasó buena parte de su vida aprendiendo a encontrar islas que no podían verse desde el punto de partida. Su mapa plantea todavía un problema parecido: para comprenderlo, primero hay que averiguar desde dónde estaba mirando su autor.
Bibliografía
Banks, Joseph. The Endeavour Journal of Joseph Banks, 1768-1771. Edición de J. C. Beaglehole. Sydney: Public Library of New South Wales / Angus and Robertson, 1962.
Cook, James. The Journals of Captain James Cook on His Voyages of Discovery. Vol. I: The Voyage of the Endeavour, 1768-1771. Edición de J. C. Beaglehole. Cambridge: Cambridge University Press for the Hakluyt Society, 1955.
Druett, Joan. Tupaia: The Remarkable Story of Captain Cook’s Polynesian Navigator. Auckland: Random House New Zealand, 2011.
Druett, Joan. «Tupaia». Dictionary of New Zealand Biography / Te Ara – The Encyclopedia of New Zealand. Disponible en: https://teara.govt.nz/en/biographies/6t2/tupaia. Consulta: 28 de septiembre de 2026.
Eckstein, Lars y Anja Schwarz. «The Making of Tupaia’s Map: A Story of the Extent and Mastery of Polynesian Navigation, Competing Systems of Wayfinding on James Cook’s Endeavour, and the Invention of an Ingenious Cartographic System». The Journal of Pacific History, 2019.
Salmond, Anne. Two Worlds: First Meetings Between Māori and Europeans, 1642-1772. Auckland: Viking, 1991.
Universität Potsdam. Tupaia’s Map. Proyecto de investigación sobre la elaboración e interpretación del mapa de Tupaia. Disponible en: https://www.uni-potsdam.de/en/iaa-cult/staff/schwarz/tupaias-map.