Un comercio de hombres
Cuando Cuarteroni compró la Mártires del Tonkín y comenzó a navegar por cuenta propia, buscaba perlas, carey y pecios; es decir, las riquezas que pudiera encontrar en unos mares en los que la autoridad de los gobiernos se debilitaba a medida que uno se alejaba de los grandes puertos. Durante los viajes de 1844 y 1845 reconoció las islas situadas entre Mindanao y Célebes, recaló en Salibaboo y reunió noticias sobre lugares que apenas aparecían en las cartas europeas. Un recorrido que le permitió conocer a sus habitantes, al tiempo que lo introdujo en una economía marítima en la que mercancías y personas podían adquirirse por los mismos procedimientos.
La pesca de perlas y tortugas carey no guardaba una relación directa con la captura de esclavos, aunque formaba parte del tráfico que estaba transformando la región. Los comerciantes chinos compraban productos marinos y forestales procedentes de las islas, mientras que desde Singapur y otros puertos llegaban tejidos, armas y opio. Cuarteroni participaba en ese mundo como propietario de una goleta y buscador de mercancías, no como observador ajeno a sus intereses.
James Francis Warren ha explicado cómo aquella demanda internacional contribuyó a convertir el archipiélago de Joló en el centro de un sistema que necesitaba cada vez más mano de obra. Europa compraba cantidades crecientes de té chino y durante mucho tiempo hubo de pagarlo con plata, lo que llevó a los comerciantes a buscar productos que pudieran vender en los mercados de China. El pepino de mar y los nidos de salangana alcanzaron precios elevados, pero recogerlos exigía internarse en arrecifes, bosques y cuevas donde el trabajo resultaba peligroso, y los cautivos proporcionaron la mano de obra necesaria.
La taza de té que se bebía en Londres no provocaba por sí sola una razia en las Bisayas, pero pertenecía a la cadena económica que terminaba haciendo actos así rentables. Los datus, los jefes tausug que controlaban parte del comercio de Joló, adelantaban armas o provisiones a quienes organizaban las expediciones y recibían después cautivos y mercancías como pago. Los iranun y los samal de Balangingi podían recorrer grandes distancias en sus praos para atacar una población costera y regresar con hombres, mujeres y niños destinados a trabajar en las pesquerías o en las propiedades de quienes habían financiado el viaje.
Recreación histórica. Archivo visual de Tornaviaje. Haz clic para ampliar con zoom.
Los españoles llamaban piratas a todos aquellos grupos, y tenían razones sobradas para hacerlo, puesto que las incursiones saqueaban poblaciones, apresaban embarcaciones y se llevaban a sus habitantes. Sin embargo, un estudio sobre la piratería imperial muestra que las razias eran también una forma de guerra y un negocio sostenido por gobernantes locales, comerciantes extranjeros y compradores que nunca subían a un prao. Reducirlo todo a unas cuadrillas de bandidos asiáticos sirve para describir la violencia inmediata, pero oculta el mercado que la hacía posible y el uso político que acabó adquiriendo la palabra piratería.
Cuarteroni ya había entrado en contacto con aquel mundo durante sus primeras exploraciones, aunque su relación directa con Joló y su sultán comenzó en 1847, cuando salió de Hong Kong al mando de la Lynx. Era un capitán español con grado en la Marina Sutil que navegaba sin haber comunicado sus planes al Gobierno de Filipinas y, según dejó escrito, al amparo de la bandera británica, lo que era una combinación suficiente para despertar las sospechas de Manila.
Algunas versiones populares sostienen que la Lynx había navegado bajo bandera británica dedicada al tráfico de opio antes de ser adquirida por Cuarteroni, aunque no conocemos por ahora documentación que permita afirmarlo como un hecho. La historia resulta verosímil porque el opio circulaba por las mismas rutas y porque la plata recuperada del Christina procedía de aquel comercio, pero la verosimilitud no sustituye a la prueba.
Cuarteroni presentó después la expedición de la Lynx como una empresa concebida para redimir esclavos cristianos, buscar el modo de acabar con la piratería y reconocer lugares donde establecer misiones. Así lo explica en los XIV Quadri digitalizados.
La Lynx se encontraba en Joló el 29 de agosto de 1847, fecha que el propio Cuarteroni hizo constar en la portada del cuadro XIII, donde también afirma que había llegado bajo la garantía de la bandera inglesa y con el propósito de redimir esclavos cristianos (XIV Quadri, p. 160). El Gobierno de Filipinas preparaba entonces una ofensiva contra los samal de Balangingi, al tiempo que Cuarteroni era recibido por el sultán Mahomed Pulalun y trataba con varios datus que, según cuenta, le ofrecieron ayuda para navegar por el archipiélago. Así pues, su presencia se volvía difícil de explicar: un capitán español relacionado con la Marina Sutil entraba bajo bandera británica en el puerto de un gobernante cuyos aliados iban a ser atacados por España.
Cuarteroni asegura que, antes de marcharse, compró toda la pólvora, los proyectiles y las armas puestos a la venta por un bergantín inglés llegado desde Singapur, no para comerciar con ellos, sino para impedir que cayesen en manos de los balangingi (XIV Quadri, pp. 178-179). La afirmación procede únicamente de él y encaja demasiado bien con la defensa que hizo después de su conducta como para aceptarla sin reservas, aunque muestra hasta qué punto la expedición mezclaba intereses particulares con propósitos religiosos y posibles servicios a España.
La Lynx abandonó Joló y llegó a Salibaboo el 10 de septiembre de 1847. Cuarteroni levantó allí una factoría, pero las enfermedades y los conflictos con la tripulación fueron deshaciendo la empresa. Siete hombres desertaron y con ellos huyeron tres de los cautivos acogidos en Joló, mientras que otros marineros enfermaban y uno moría. Cuarteroni pidió entonces a sus agentes de Filipinas que le enviaran ayuda, y la Mártires del Tonkín, que continuaba siendo de su propiedad aunque estuviera gobernada por otro capitán, entró en Salibaboo el 11 de enero de 1848.
La goleta regresó a Manila llevando a los enfermos, documentos con los que Cuarteroni trataba de justificar su conducta y al cautivo Francisco José de la Cruz. A comienzos de abril, esta última nave volvió con noticias poco tranquilizadoras: según el relato de Cuarteroni, las autoridades pretendían confiscar la Lynx, apresarlo y abrirle una causa como pirata. Temiendo que Manila comunicara la acusación a británicos y neerlandeses, trasladó a la Mártires del Tonkín las municiones y los objetos más valiosos y prendió fuego a la Lynx el 20 de abril de 1848. El 11 de mayo, abandonó Salibaboo y la Mártires lo acercó a Sanguey antes de proseguir hacia Filipinas (XIV Quadri, pp. 191-193).
Entre la llegada a Joló y el incendio de Salibaboo había intentado rescatar cautivos, perdido buena parte de su tripulación y terminado siendo perseguido por el mismo Gobierno al que decía haber querido servir. Los nombres de algunas de aquellas personas permiten averiguar cuánto hubo de realidad en la historia que contaría después.
Cartografía editorial de Tornaviaje basada en los XIV Quadri (1855) y fondos históricos. Haz clic para ampliar con zoom.
Los cautivos de Cuarteroni
Francisco José de la Cruz llevaba varios años en poder del sultán cuando Cuarteroni llegó a Joló. Era un filipino de ascendencia india y europea que había mandado una pequeña embarcación de cabotaje antes de caer prisionero junto con uno de sus hombres y servía como mayordomo en el palacio, donde su conocimiento de las islas lo convertía en una persona demasiado útil como para que Mahomed Pulalun quisiera desprenderse de él.
La actitud del sultán tenía también un trasfondo político pues, desde mediados de la década de 1840, Pulalun procuraba al menos aparentar que se distanciaba de los grupos dedicados a las razias y llegó a prohibir que llevaran cautivos a Joló. La medida no acabó con el comercio ni significa que el sultán hubiese renunciado a poseer esclavos, pero ayuda a comprender que recibiera amistosamente a un capitán español y pudiera utilizar la entrega de uno de ellos como gesto diplomático.
Cuarteroni afirma que trató de comprar a Francisco José con el propósito de devolverlo a su familia. El sultán rechazó la oferta, pero, cuando el gaditano explicó que necesitaba a aquel hombre como guía para recorrer el archipiélago, se lo entregó sin exigir rescate. Un gesto que no suponía reconocer la libertad del cautivo, sino tan solo regalarlo a otro propietario, aunque Cuarteroni lo emancipó después y le proporcionó documentos y ayuda para regresar a Filipinas a bordo de la Mártires del Tonkín (XIV Quadri, pp. 98-99).
El episodio permite comprender el terreno en que debía moverse cualquiera que quisiera rescatar esclavos en Joló. Comprar a un cautivo podía salvarlo y, al mismo tiempo, confirmar que se trataba de una propiedad susceptible de venta, mientras que reclamarlo por la fuerza resultaba imposible para quien solo disponía de una goleta y se encontraba entre gentes armadas. Cuarteroni se veía obligado a negociar con las mismas personas que se beneficiaban de aquel comercio.
Francisco José no fue el único que buscó protección en la Lynx. Joaquín Juan, de unos cincuenta años y capturado junto a él, consiguió llegar al barco y también lo hizo Fructuoso Luciano, natural de Zamboanga, que escapó de noche de la casa de su amo y nadó cerca de una milla hasta la goleta, exponiéndose, según Cuarteroni, a los tiburones de la rada. Y Pío Francisco, natural de Sibalug, en Antique, que había sido apresado en Silay a finales de 1846, llegó al mercado de Joló cuando la Lynx se preparaba para partir; enviado a buscar agua, oyó el ruido de las cadenas del barco al levar anclas, huyó en la canoa y pidió amparo al capitán (XIV Quadri, p. 179).
A la mañana siguiente se presentaron sus dueños para reclamarlos, pero Cuarteroni se negó a entregarlos porque consideraba que devolverlos equivalía a condenarlos, aunque tampoco pudo llevarlos ante las autoridades de Filipinas. Los tres se encontraban todavía con él cuando siete hombres de la tripulación desertaron en Salibaboo y se los llevaron consigo, y en su relato reconoce que nunca supo con certeza qué había sido de ellos (XIV Quadri, p. 180).
Ese desenlace introduce una diferencia que las biografías posteriores suelen borrar. Cuarteroni protegió a Joaquín Juan, Fructuoso Luciano y Pío Francisco cuando sus propietarios exigieron su devolución, pero ignoramos si llegaron a recuperar la libertad. Francisco José de la Cruz, en cambio, fue enviado hacia Manila con medios para regresar junto a su familia, aunque todavía falta localizar una constancia independiente de su llegada.
Después de incendiar la Lynx, Cuarteroni pasó a Sanguey, en el archipiélago de Sangir, donde el rajá Babesa le proporcionó una embarcación para continuar hasta Manado. Allí encontró a otros cautivos filipinos, cristianos que habían escapado de sus dueños o llevaban tiempo establecidos en la isla y el 27 de junio de 1848, tras subir al volcán, organizó una procesión con el crucifijo que llevaba consigo, acompañado por aquellos cautivos y por los hombres que le quedaban.
Cuarteroni reclamó su libertad al rajá en nombre de la reina de España y Babesa ordenó que pudieran regresar a Filipinas. Sin embargo, la mayoría prefirió quedarse porque había contraído matrimonio y poseía ya una vida propia en la isla, una decisión que desbarata cualquier relato sencillo sobre cautivos que solo esperaban la llegada de un libertador europeo. Haber sido esclavizados no significaba que, al cabo de los años, siguieran considerando Filipinas el único lugar al que podían llamar su patria.
Lo siguieron cuatro: Baldomero, natural de Cebú; Juana, de Iloílo, y María y Lucía, ambas de Camarines. Cuarteroni viajó con ellos hasta Manado y afirma que los confió al bergantín español Narciso, que zarpó el 8 de noviembre de 1848 con destino a Manila, poniéndolos bajo la protección del gobernador general para que pudieran regresar a sus lugares de origen (XIV Quadri, pp. 107-108).
Por tanto, los XIV Quadri permiten identificar a ocho cautivos relacionados directamente con Cuarteroni. Según su relato, cinco fueron enviados hacia Manila, mientras que de los otros tres ignoró el destino después de la deserción de Salibaboo. Puede que ayudara a más personas durante aquellos años, pero esas intervenciones no aparecen descritas con la misma precisión en la obra que presentó a Propaganda Fide. Los nombres prueban lo que Cuarteroni afirmó haber hecho y permiten buscar comprobaciones externas, pero no sustituyen a esas comprobaciones. Los archivos de Manila podrían confirmar la llegada de Francisco José y de los cuatro pasajeros del Narciso, mientras que la documentación neerlandesa tal vez conserve noticias de su paso por Sangir y Manado pero, hasta que aparezcan esos testimonios, la fuente sigue siendo el propio Cuarteroni.
Su actuación coincidió además con un golpe mucho mayor contra las redes esclavistas. Entre el 16 y el 22 de febrero de 1848, las fuerzas enviadas por Narciso Clavería destruyeron las fortificaciones de Balangingi y liberaron a numerosos cautivos. La expedición redujo drásticamente las grandes razias organizadas desde aquella isla, aunque no acabó con un comercio extendido por todo el archipiélago. Así pues, los modestos rescates de Cuarteroni se produjeron al mismo tiempo que España recurría a unos medios mucho más poderosos, sin que esa coincidencia demuestre coordinación entre ambos.
De los nombres a la leyenda
Los hechos llegaron hasta nosotros ordenados por el propio Cuarteroni. Los catorce grandes cuadros que presentó a Propaganda Fide en 1852 y cuya explicación imprimió en Roma tres años después no eran un diario escrito durante sus viajes, sino una reconstrucción destinada a conseguir el respaldo de la Iglesia para fundar misiones. Entre la expedición de la Lynx y la publicación habían pasado varios años, tiempo suficiente para que los acontecimientos adquiriesen una dirección que quizá no habían tenido con tanta claridad mientras sucedían.
En esa versión retrospectiva, la búsqueda de perlas y carey queda relegada, en tanto que el viaje de 1847 aparece concebido desde el principio para rescatar cristianos, combatir la piratería y preparar la evangelización de las islas. Cuarteroni no necesitaba inventar sus acciones, pero sí presentarlas de manera que condujeran hacia el hombre en quien se había convertido. Lo que había comenzado como la empresa privada de un marino enriquecido terminó narrado como el camino hacia una vocación.
Los XIV Quadri proporcionan nombres, fechas y lugares, además de reconocer que tres de los cautivos desaparecieron y que la mayoría de los establecidos en Sanguey no quiso regresar. Todo eso vuelve su relato más preciso y, sobre todo, permite contrastarlo, pero no garantiza su veracidad, pues también una narración edificante puede admitir derrotas parciales para resultar convincente. Mientras no aparezca documentación independiente sobre la llegada de los liberados o sobre la intervención de Cuarteroni ante el rajá Babesa, debemos tratar esos episodios como hechos contados por él y no como sucesos corroborados desde dos fuentes distintas.
El problema se agrava cuando las biografías posteriores resumen una vida demasiado complicada. La intención declarada de comprar cuantos cautivos pudiera acaba convertida en el rescate efectivo de centenares, mientras que los actos narrados en Joló y Sanguey se extienden hasta ocupar años enteros. La exageración puede verse incluso en la presentación editorial del libro de Alicia Castellanos, que atribuye a la Mártires del Tonkín la liberación de cientos de filipinos y fecha en 1842 el hallazgo del pecio del Christina. No conviene trasladar esas afirmaciones al cuerpo del libro sin citar las páginas que las sostengan, y menos aún utilizar la sinopsis como prueba, puesto que la documentación contemporánea sitúa el descubrimiento del Christina en 1844.
Algo semejante ocurre cuando se llama abolicionista a Cuarteroni. Es cierto que se enfrentó a propietarios que reclamaban a sus cautivos, trató de rescatar a otros y pidió la libertad de los filipinos establecidos en Sanguey, pero sus escritos se concentran en los cristianos sometidos a gobernantes musulmanes y no contienen un programa dirigido a abolir la esclavitud en toda la región. Su pensamiento pertenecía al mundo católico de la redención de cautivos, no al abolicionismo político que durante aquellos mismos años combatía la institución esclavista en Europa y América.
La diferencia no lo empequeñece. En Joló, negarse a entregar a tres fugitivos cuyos dueños se presentaron a reclamarlos exigía más que una declaración de principios, y conseguir que el rajá Babesa permitiese marcharse a quienes lo desearan tuvo consecuencias concretas para cuatro personas, si los hechos ocurrieron como él los cuenta. Tampoco resulta razonable exigirle que resolviera mediante una goleta un sistema económico extendido desde las Bisayas hasta Borneo y sostenido por intereses que llegaban a Singapur y China.
Cuarteroni no fue el libertador de multitudes en que terminó convirtiéndolo la leyenda, pero tampoco tenemos motivos para reducirlo a un aventurero que hubiera inventado cautivos con los que justificar sus viajes. Fue un marino enriquecido dentro de la misma economía asiática que alimentaba aquel comercio de hombres y que, al encontrarse frente a algunas de sus víctimas, decidió ayudarlas con los medios de que disponía. Después reorganizó esos actos dentro de un relato religioso y los presentó como la prueba de que su conocimiento de los mares podía servir para algo más que buscar riquezas.
No llegó a Roma con una mentira, sino con una historia construida a partir de sucesos que aún necesitan confirmación externa. Francisco José de la Cruz, Baldomero, Juana, María y Lucía eran las personas a las que afirmaba haber enviado de regreso y lo que les ocurrió a Joaquín Juan, Fructuoso Luciano y Pío Francisco recordaban los límites de su empresa. La leyenda comenzó cuando aquellos ocho nombres dejaron paso a los centenares y el hombre que había negociado, dudado y fracasado en parte fue sustituido por un redentor sin contradicciones. Cuarteroni llevaba consigo una historia bastante más modesta, pero también más humana, y estaba dispuesto a convertirla en el fundamento de una misión.