CUADERNO

Los que siguieron entrando

Paititi entre 1588 y 1623. De la búsqueda de Corocoro a los proyectos misioneros y las entradas cruceñas, la promesa de una tierra rica siguió desplazándose en los mapas virreinales.

Los que siguieron entrando
Expedicionarios y misioneros se internan hacia las tierras orientales entre los Andes y la Amazonia (1588–1623). Recreación artística contemporánea; la composición y los personajes son imaginarios. Imagen generada mediante IA bajo dirección editorial de Tornaviaje.

La derrota de Maldonado no cerró los caminos orientales y, diecinueve años después de su regreso al Cuzco, otra expedición volvió a internarse en ellos desde Cochabamba y así, en 1588, Francisco de Angulo penetró hacia los llanos guiado por Poma, un indígena anciano «del tiempo de los incas» que decía conocer el antiguo camino. Angulo no avanzaba, por tanto, siguiendo simples rumores acerca de una tierra remota, sino buscando una ruta que los ejércitos incas habrían abierto y utilizado antes de la llegada de los españoles.

Corocoro no era Paititi

El camino lo condujo hasta un pueblo habitado a quienes las fuentes llaman amos, chumpas y cunamas —o chuñipas y cunanas, según cómo se interpreten las grafías—, donde hizo comparecer al cacique Nahe y a otros habitantes de la región. Los testimonios recogidos ante escribano hablaban de puentes de bejucos, fortalezas incas y una gran población llamada Corocoro, cuyos habitantes vestían tejidos de algodón, trabajaban los metales y poseían minas de oro y plata.

Según los informantes, Corocoro se encontraba a ocho jornadas, es decir, a unos ocho días de marcha, y parecía reunir cuanto los españoles esperaban de una tierra rica: mucha población, alimentos, artesanos y metales preciosos. El propio Nahe aconsejó a Angulo que no siguiera con tan pocos hombres, pues no bastarían para conquistar aquellas provincias, pero eso fue una advertencia que el capitán pudo tomar por confirmación de que las noticias eran ciertas.

Sin embargo, Angulo no buscaba Paititi, ya que el nombre ni siquiera aparece en las declaraciones que mandó recoger y su objetivo era Corocoro, otra tierra prometida que solo después quedaría incorporada a la historia general de las expediciones orientales. La diferencia importa, porque Paititi no concentró desde el principio todas aquellas búsquedas, sino que fue creciendo a costa de ellas, apropiándose de caminos, pueblos y rumores que habían tenido destinos distintos.

La entrada permite ver además hasta qué punto la exploración española dependía de conocimientos indígenas, dado que los expedicionarios buscaban rutas ya existentes, interrogaban a quienes comerciaban con los pueblos del interior y necesitaban guías para cruzar regiones donde eran incapaces de orientarse. Después presentaban la información reunida como resultado de sus descubrimientos, de manera que los nombres de los capitanes han sobrevivido mejor que los de quienes les mostraron el camino. De Poma conocemos al menos el nombre y sabemos que, sin él, Angulo no habría llegado demasiado lejos.

Una conquista con misioneros

Hacia finales del siglo XVI comenzó a cambiar el modo de justificar las entradas y, aunque la conquista armada no desapareció, la evangelización ofreció otra manera de establecerse entre los pueblos orientales y extender la jurisdicción virreinal. Y, aunque misioneros y soldados podían discrepar acerca de los métodos, aunque con frecuencia formaban parte de una misma empresa y dependían unos de otros.

Uno de los personajes que mejor representa esa nueva etapa fue Miguel Cabello de Balboa, autor de la Miscelánea antártica y, hacia el final de su vida, cura de Camata, población situada al norte del corregimiento de Larecaja y considerada una de las principales puertas entre los Andes y la Amazonia. Cabello era uno de esos misioneros no se limitaba a conseguir conversos para su parroquia, sino que reunía noticias geográficas, comparaba itinerarios y trataba de convertirlos en proyectos practicables.

En 1594 salió de Camata siguiendo los pasos de otro religioso, Miguel de Jesucristo, que se había internado solo en territorio chuncho y lo esperaba en Tayapo. Cabello atravesó la región de sur a norte, pasó por aquel pueblo y llegó después a Ixiama y Chipoco, cerca ya de la cuenca del Beni. Buscaba a los araonas —llamados también taranos en las fuentes—, pero descubrió que ya no eran tan numerosos ni prósperos como indicaban noticias anteriores.

Su intención era alcanzar el Beni, construir balsas y descender por el río, pero no llegó a realizar el plan. Sin embargo, las cartas que escribió sirvieron al menos para persuadir a los jesuitas de que intentaran una entrada por Songo y Challana. Los religiosos emprendieron el viaje en septiembre, en contra del calendario recomendado por Cabello, y se encontraron con las lluvias y los ríos crecidos, por lo que la misión terminó antes de alcanzar sus objetivos.

Cabello, sin embargo, no se limitó a reclamar más sacerdotes. En su Orden y traza para descubrir y poblar la tierra de los chunchos propuso nombrar un capitán, fundar poblaciones y avanzar desde distintos lugares hasta dejar a los pueblos de la región encerrados entre los nuevos asentamientos españoles. La evangelización aparecía así unida a una estrategia de ocupación que pretendía lograr mediante la presión lo que anteriores expediciones no habían conseguido por las armas.

También fue cambiando de ruta. Primero recomendó seguir el camino de Maldonado por el Madre de Dios; después se inclinó por Songo y Challana; y en su último proyecto propuso entrar por Guancané, Pelechuco, Coata y Moxo, hacia las cabeceras del Tuichi. No hay por qué ver en ello una falsedad deliberada, puesto que trabajaba con informaciones incompletas y trataba de encontrar un paso practicable, pero semejantes rectificaciones muestran la facilidad con que Paititi podía trasladarse de un itinerario a otro sin perder consistencia.

La cruz no había sustituido a las armas, puesto que permitía penetrar en lugares donde una tropa habría provocado un rechazo inmediato, aprender las lenguas y establecer relaciones más duraderas, pero detrás de los religiosos seguían apareciendo gobernadores, capitanes y proyectos de asentamiento. La voluntad de convertir podía ser sincera y servir al mismo tiempo para extender el dominio virreinal, pues una cosa no excluía la otra.

Santa Cruz mira al norte

Mientras desde Cochabamba, Camata y Larecaja se buscaban pasos hacia el Beni, los habitantes de Santa Cruz de la Sierra miraban hacia el norte desde una posición muy distinta. La ciudad había sido fundada por españoles llegados desde Paraguay y el Río de la Plata, no desde el Perú, y durante sus primeras décadas mantuvo vínculos más fuertes con aquel mundo que con las ciudades andinas.

Santa Cruz había nacido en buena medida como plataforma para buscar Mojos y otras tierras ricas. Una real cédula de 1573 reservó a sus vecinos el derecho a descubrir aquella región porque se temía que abandonasen la provincia si perdían la esperanza de conquistarla y pocas veces quedó tan de manifiesto que una tierra desconocida podía cumplir una función política antes incluso de ser encontrada.

En 1595, salió una expedición enviada por el gobernador Lorenzo Suárez de Figueroa, acompañada por los jesuitas Jerónimo de Andión y Diego de Samaniego, cuyas cartas constituyen el testimonio más directo del viaje. Descendieron por el Guapay hasta alcanzar a los morocosis y allí recogieron noticias de otros pueblos situados aguas abajo, entre ellos unos maures que, según les dijeron, vivían cerca de los Mojos.

Mojos no era todavía un territorio de límites conocidos. El nombre podía designar una provincia lejana, un pueblo o la siguiente tierra rica que se esperaba alcanzar, y junto a él continuaban circulando otros objetivos heredados de búsquedas anteriores, como Candire o las minas de Itatín. Las distintas posibilidades podían superponerse porque ninguna había adquirido aún una forma geográfica capaz de excluir a las demás.

En 1601, el gobernador Juan de Mendoza Mate de Luna volvió a descender por el Guapay, pero la mala estrategia y los enfrentamientos entre jefes y soldados convirtieron la empresa en un desastre. Dos años después, Martín Vela Granado probó fortuna hacia los parecis, aunque las noticias conservadas sobre su viaje son demasiado escasas como para poder reconstruirlo con seguridad.

La entrada más importante fue la de Gonzalo de Solís Holguín, gobernador de Santa Cruz, en 1617. Salió primero con sesenta hombres hacia San Francisco de Alfaro, en Chiquitos, donde recogió información entre chiriguanos y tapacuras, y desde allí continuó hacia el norte con setenta y cinco españoles y unos doscientos aliados indígenas. Tal como había ocurrido en otras entradas, los aliados eran mucho más numerosos que los expedicionarios europeos.

La expedición encontró varias aldeas grandes junto a una laguna, rodeadas de maizales y graneros. Sus habitantes fueron llamados toros o torococis y Solís creyó que había alcanzado la «puerta de la noticia rica». Como nadie consiguió entender su lengua, interpretó algunas palabras, los campos cultivados y ciertos adornos de las casas como señales de que los Mojos y los incas retirados debían de encontrarse cerca.

Pero no todos compartieron el entusiasmo pues Nuño de la Cueva, sucesor y enemigo político de Solís, reunió testimonios según los cuales allí no había oro ni plata, sino siete u ocho pueblos cuyos habitantes vivían de sus cultivos. La disputa muestra hasta qué punto una misma expedición podía transformarse al entrar en los litigios del poder: Solís veía la antesala de la tierra rica, mientras sus adversarios describían unas poblaciones que no justificaban otra entrada.

Solís organizó un segundo intento para alcanzar de nuevo a los torococis, pero esta vez las lluvias le cerraron el paso. Nadie volvió a localizarlos con certeza, aunque durante décadas continuaron apareciendo en los proyectos cruceños. Haber sido vistos una vez bastaba para que siguieran aguardando en algún lugar del mapa.

El fraile y el memorialista

Ya luego, entre 1620 y 1621, el franciscano Gregorio Bolívar descendió hacia el Alto Beni por los yungas de Songo y Challana, los valles cálidos y boscosos de la vertiente oriental de los Andes. Lo acompañaba Diego Ramírez Carlos, un mestizo que se hacía pasar por hijo de Melchor Carlos Inca y reclamaba de los pueblos del camino los honores debidos a su supuesto linaje. El religioso descubrió pronto el engaño, pero ambos siguieron viajando juntos entre disputas y recriminaciones.

Al llegar a las tierras de los omapalcas, aguas abajo de la confluencia del Kaka con el Beni, Ramírez regresó a La Paz llevándose al hijo del cacique Casira. Según el relato de Bolívar, el fraile quedó entre los omapalcas como garantía de que el joven regresaría, algo que no sucedió hasta un año después. Daniel J. Santamaría pone en duda esta versión: considera improbable que un cacique entregase a su propio hijo con un religioso desarmado como única garantía.

Fuera cual fuese la razón de su larga permanencia, Bolívar recorrió parte del Beni, visitó pueblos vecinos y reunió noticias sobre los ríos y las sociedades asentadas entre el Cotacajes y el Tuichi. Según su relación, realizó esos desplazamientos bajo la vigilancia de sus anfitriones y no siempre resulta posible saber qué lugares vio con sus propios ojos y cuáles conoció por relatos ajenos, aunque su testimonio contiene datos que no aparecen en otras fuentes de la época. El franciscano regresó finalmente a Challana acompañado por indígenas yuquimonas y llevó después su disputa con Ramírez hasta Lima y la corte española.

Por aquellos mismos años, Juan Recio de León desplegaba una actividad aún mayor en la gobernación concedida a Pedro de Laegui Urquiza. Había nacido en Vega de Rioponce, en el reino de León, y acumulaba una biografía que conocemos sobre todo por sus propios memoriales. Según contaba, había combatido contra los neerlandeses en las salinas de Araya y, durante una tormenta frente a Chile, tomó el timón después de morir el piloto y condujo el barco hasta Valparaíso pese a sufrir la fractura de una costilla. Es posible que sucediera así, aunque conviene recordar que escribía para obtener recompensas y nunca desperdiciaba una ocasión de ponderar sus servicios.

Pedro de Laegui Urquiza había entrado por Camata en 1615. Según la reconstrucción de Nicolás Armentia recogida por Ignacio Arellano, llevaba ciento ochenta hombres y tres agustinos. Fundó Nuestra Señora de Guadalupe en Apolobamba, pero el asentamiento fue abandonado pocos meses después por las lluvias, la escasez de alimentos y los conflictos con los lecos. En 1616 estableció San Juan de Sahagún, en las cabeceras del Tuichi. A comienzos de 1620 nombró a Recio teniente de gobernador y justicia mayor, encargándole restaurar aquellas poblaciones y continuar la entrada.

Recio afirmaba haber gastado más de veinte mil pesos y marchado con treinta soldados, veinticinco personas de servicio, treinta mulas y trescientos «carneros de la tierra», es decir, llamas. Las cifras describían la empresa, pero también constituían la factura que esperaba cobrar algún día a la Corona, de ahí que repita una y otra vez que todo se hizo a su costa y sin gravar las cajas reales.

Ayudó a rehabilitar los caminos de Apolobamba, reedificó Nuestra Señora de Guadalupe y acompañó a los agustinos hasta Uchupiamonas e Inarama, en el curso bajo del Tuichi. Aquellas rutas eran anteriores y algunas procedían del tiempo de los incas, aunque Recio tendiera a presentarse como su descubridor. Desde allí cruzó el Tuichi y avanzó hacia poblaciones situadas al oeste del Beni, donde reunió noticias sobre araonas, toromonas, anamas y otros pueblos de la región.

Entre los anamas supo de una gran laguna, situada a cuatro jornadas, con numerosas islas pobladas y gobernada por un señor llamado Paititi. Según le dijeron, los anamas viajaban allí dos o tres veces al año para comerciar. Recio no alcanzó aquel lugar, aunque sostuvo que había visto objetos obtenidos mediante esos intercambios y, en otro de sus memoriales, afirmó incluso haberse encontrado con un principal paititi. El reino parecía por fin próximo y conectado con pueblos que los españoles habían visitado.

Pero cuanto más se acercaba el relato a Paititi, mayor era la presencia de elementos maravillosos. Recio habló de mujeres que vivían sin hombres, poblaciones extraordinariamente blancas y una enorme laguna cubierta de islas. Mezclaba observaciones directas, noticias indígenas y motivos heredados de la tradición europea sin distinguir siempre entre ellos, lo que no invalida todo cuanto cuenta, pero obliga a separar aquello que pudo comprobar de lo que solo le habían referido.

Sus escritos siguen siendo valiosos por la información que proporcionan sobre la red fluvial, la fauna, las plantas y las sociedades del piedemonte amazónico. También revelan el modo en que una experiencia podía convertirse en currículo: Recio reunió certificados, testimonios y relaciones para demostrar que era el hombre indicado para completar la empresa. Tyuleneva señala que, cuando el expediente llegó al Consejo de Indias, se cuestionó que intentara adjudicarse los méritos de Laegui.

En sus memoriales cabía prácticamente todo: la evangelización, la explotación de minas y productos de la selva, la recuperación de indígenas huidos de las encomiendas, una nueva salida para la plata de Potosí y hasta la defensa del virreinato contra posibles ataques neerlandeses. Paititi no era el único objetivo, sino el argumento capaz de reunir proyectos que poco tenían que ver entre sí.

En 1623 presentó a la Corona varios escritos donde relataba sus servicios y pedía cargos acordes con ellos, entre otros el corregimiento de Larecaja durante seis años. No consiguió lo solicitado, pero sí contribuyó a que Paititi pareciera más cercano que nunca. Ya no era únicamente una tierra mencionada al final de una cadena de rumores, sino un dominio que comerciaba con pueblos conocidos y cuya dirección podía explicarse mediante ríos, caminos y jornadas.

Había mucha más información que medio siglo atrás, aunque eso no significa que los españoles estuvieran a punto de encontrar el reino. Significa tan solo que ahora podían describir con mayor detalle el lugar al que tampoco habían llegado.

Expediciones hacia las tierras orientales entre 1588 y 1623
Expediciones hacia las tierras orientales entre 1588 y 1623. Las flechas indican el sentido del avance. Los itinerarios son reconstrucciones aproximadas; Paititi y Corocoro no representan localizaciones comprobadas.

Fuentes principales

Vera Tyuleneva, El Paititi. Historia de la búsqueda de un reino perdido. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú y Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas, 2018. Angulo y Corocoro, pp. 88-90 y anexo 3K, pp. 263-270; Cabello de Balboa, pp. 90-92; entradas desde Santa Cruz, pp. 92-100; Bolívar, pp. 100-102; Recio de León, pp. 102-105.

Daniel J. Santamaría, El rol de las alianzas entre misioneros e indígenas en la conquista de Apolobamba siglos XVI y XVII. Revista de Indias, vol. LXVI, 2006.

Ignacio Arellano, Noticias de Juan Recio de León, descubridor y repoblador en Tipuane, Chunchos y Paitite. Alpha, 33, 2011.

Ignacio Arellano y Ana Isabel Ayuso, La Breve relación de Tipuane y Paitite de Juan Recio de León 1623. Edición anotada. Hipogrifo, 2022.

SERIE EDITORIAL EN ENTREGAS

Tras la cambiante Paititi

Investigación sobre la genealogía histórica y documental del mito de Paititi en las vertientes orientales de los Andes y la cuenca amazónica.

I. De Ambaya a la gobernación disputada (1538–1570) ← Leer primera entrega
II. Los que siguieron entrando (1588–1623) ESTÁS LEYENDO
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